divendres, 4 de març de 2016

Y, finalmente, las RDA ¿hay otro camino si los bibliotecarios queremos contribuir a catalogar el mundo?




Ya hemos avanzado que las RDA tienen ‘algo’ de las AACR, pero las RDA son sustancialmente, una nueva forma de ver la catalogación. Las RDA (basadas en los principios de las FRBR) tienen las ‘entidades’ como centro. Las entidades son los “objetos principales de interés para los usuarios de datos bibliográficos” (FRBR, 3.1). Y, ¿cuáles son estas entidades?

Lo que las FRBR y las RDA reconocen como entidad pueden ser de tres tipos:
·         Los productos de la labor intelectual o artística de alguien. Aquí deberemos distinguir entre obras, expresiones, manifestaciones y documentos.
·         Los responsables del contenido intelectual o artístico, o de su producción o difusión, de una obra, expresión o manifestación. En este grupo distinguiremos entre  personas físicas y personas jurídicas.
·         Los términos que permiten acotar el tema o materia de las producciones intelectuales o artísticas. Aquí se distingue entre concepto, objeto, evento y lugar.

Llamemos a estas entidades ‘creadores’, ‘obras’ y ‘materias’, la catalogación del futuro sería establecer relaciones entre las mismas. Así un creador (la ilustradora Pilarín Bayés) se relacionaría con una obra (El sueño de la noche de verano de Shakespeare en una de sus expresiones: una adaptación infantil) y con una materia (literatura para niños).

En substancia es esto; en la práctica, más complicado, pero ¿hay otro camino si los bibliotecarios queremos contribuir a catalogar el mundo?

[Este post es la última entrega de una nota ThinkEPI que se acaba de publicar]


dijous, 3 de març de 2016

AACR, MARC, ISBD, FRBR, BIBFRAME




Las AACR cumplieron el papel de unificar las prácticas catalográficas, pero fueron concebidas para un contexto previo a la generalización del uso de los ordenadores. El formato MARC no hace más que encapsular los elementos bibliográficos mencionados en las normas de catalogación en campos y subcampos. Así un ordenador puede ‘leer’ los registros catalográficos (las siglas del MARC se corresponden a MAchine-Readable Cataloging) y saber que lo que sigue al $c en un campo 100 es un título o una palabra asociada a un nombre propio y debe escribirlo en cursiva. Las ISBD (International Standard Bibliographic Description) tuvieron como intención no solo orientar la catalogación descriptiva sino organizar la misma de forma que los ordenadores la ‘leyeran’ cómodamente.

Con el MARC (bajo AACR) los ordenadores saben leer, pero no comprenden. Un ordenador no comprende que El Somni d'una nit d'estiu represente la misma obra que A Midsummer Night's Dream o El sueño de una noche de verano. Mucho menos puede saber que la obra original ha tenido adaptaciones infantiles (como la mencionada de A. Díaz-Plaja y P. Bayés) o que con este título compusieron obras musicales Benjamin Britten y Felix Mendelssohn y una canción los Queen.

El origen de las RDA debe buscarse en el intento de dar con una solución contemporánea a los retos de la catalogación, una solución que contemple las posibilidades de la tecnología y las formas cambiantes de las necesidades de los usuarios. Las RDA quieren deshacerse de servitudes que fueron lógicas pero que hoy ya no lo son (la del tamaño escaso de las fichas en los catálogos manuales o la de las limitaciones de los instrumentos de recuperación).

Las RDA continúan orientándonos en qué hacer con los nombres de personas que incluyen guiones (RDA 8.5.5) o con los nombres de congregaciones, tribunales u otros organismos administrativos de la Iglesia Católica (RDA 11.2.2.28); en esto, las RDA y las AACR se parecen. El cambio no está aquí, sino en la mirada con la que el catalogador contempla los objetos que describe para su recuperación.

El origen de esta mirada está en las FRBR (Functional Requirements for Bibliographic Records), una publicación de la IFLA del año 1998 (¡hace casi 20 años!). Las FRBR fueron concebidas como respuesta a un entorno enteramente nuevo, un entorno que exigía reducir los costes de la catalogación, que estaba cada vez más ‘automatizado’ y en el que emergían nuevas necesidades de los usuarios. El centro de atención de las FRBR no son los registros bibliográficos, sino las ‘entidades’ que estos representan y que son lo que verdaderamente importa al usuario. Volveremos al tema en el apartado siguiente.

Esta nueva forma de ver la catalogación requiere nuevas normas (las RDA), pero también nuevas formas de encapsular la información para que ésta ya no solo sea ‘leíble’ por los ordenadores, sino que sea ‘comprensible’ por ellos. El formato MARC está llamado a ser substituido por BIBFRAME (Bibliographic Framework Initiative), un proyecto de la Library of Congress aún no ultimado.

En el formato MARC subyacen las AACR. Su objetivo es agrupar elementos en un registro bibliográfico de forma que cada uno pueda distinguirse de los demás y pueda ser manipulado de forma independiente. BIBFRAME intenta crear un modelo distinto en el que lo importante no es agrupar elementos sino relacionar ‘entidades’; BIBFRAME proporciona “los fundamentos de la futura descripción bibliográfica, ya sea en la web o en el mundo más amplio de la red”.

[Este post es la pennúltima entrega de una nota ThinkEPI que se acaba de publicar]







dimecres, 2 de març de 2016

Los objetivos de los catálogos: encontrar, agrupar, enlazar




Los objetivos de los catálogos, tal como los estableció Charles A. Cutter en 1875, son: permitir localizar una obra conocida, encontrar juntas las obras de un mismo autor o misma materia y proporcionar los elementos que permitan al usuario elegir un libro concreto entre diversas ediciones de la misma obra. A mi entender, a estos objetivos les falta el de proporcionar relaciones entre autores o entidades (cuando estos cambian de nombre, o entre materias ‘vecinas’, por ejemplo, lo que los catálogos solucionan con referencias de véase también).

Los catálogos manuales y los automatizados, las bases de datos y los grandes buscadores actuales buscan cumplir en mayor o menor medida estas tres funciones: encontrar, agrupar y relacionar.

Encontrar algo que conoces es (relativamente) fácil. El acierto depende menos de la calidad del catálogo que de la fiabilidad de tu memoria. Ayer mi librería supo decirme que el libro que buscaba (de un tal Kennedy sobe historia) era Auge y caída de las grandes potencias. En un pasado cercano no era tan fácil.

Agrupar ha sido lo más perseguido por las normas de catalogación e indización: hacer que el usuario encuentre juntas las obras de un mismo autor o de un mismo tema. Las obras de Ramon Llull se encuentran bajo este nombre en la Biblioteca de Catalunya, pero Ramón lleva acento en la Biblioteca nacional española, y la misma persona se encuentra bajo el encabezamiento de  Raimundus Lullus en la Biblioteca nacional alemana y bajo el de P. Луллий en la de Rusia. La insuficiencia de las normas para resolver estos problemas ha hecho encontrar soluciones extra-catalográficas como el VIAF.

Relacionar ha estado tradicionalmente alejado del punto de mira de los catálogos, pero las referencias de ‘véase también’ no pretenden más que eso: orientar al lector que una entidad (por ejemplo, la Universidad Politécnica de Barcelona) cambió de nombre  o que el muy recomendable John Banville  es la misma persona que Benjamin Black (en este caso, escritor de novelas policíacas).

Los catálogos manuales e incluso los OPACs tienen limitaciones importantes para ejercer cualquiera de estas funciones por mucho que las normas de catalogación nos ayuden a precisar cuál es la mejor entrada principal para una obra, qué entradas secundarias o adicionales debemos hacer y qué relaciones debemos óptimamente establecer. Sin lugar a dudas, muchas de las deficiencias (o insuficiencias) de los catálogos y de las normas que los rigen han quedado subsanadas o paliadas por la potencia de los instrumentos automatizados de búsqueda. Así localizamos a John Dos Passos tanto si le buscamos por ‘Passos’ o por ‘dos Passos’. Pero la fuerza bruta de los instrumentos de recuperación es menos efectiva para localizar, dentro de la ingente producción de libros  de Shakespeare, El Somni d'una nit d'estiu en adaptación de Aurora Díaz-Plaja (bibliotecaria, ella) e ilustraciones de Pilarín Bayés que leí hace tiempo y que ahora querría recuperar.

Pero, para encontrar, agrupar y relacionar mejor no necesitamos solamente una nueva tecnología, necesitamos  –en palabras Karen Koyle- que los datos y la tecnología trabajen juntos. No mejoraremos los resultados de las búsquedas de los usuarios solo añadiendo potencia a los instrumentos de recuperación, necesitamos además añadir ‘inteligencia’ a la forma en la que presentamos los datos.


[Este post es la entrega 4a de una nota ThinkEPI que se acaba de publicar]


dimarts, 1 de març de 2016

La tecnología es un instrumento para ahorrar y para compartir




La etérea necesidad de ahorrar y la imprecisa voluntad de compartir solo pueden sustentarse en la materialidad de unos instrumentos que las hagan posibles. Las normas de catalogación son tecnología, pero estas hubieran sido insuficientes de no haber encontrado instrumentos que sustentaran de forma efectiva y eficiente el re-uso de los registros catalográficos.

Las bibliotecas han hecho un uso intensivo de la tecnología puntera de cada momento. No es verdad que el uso de ‘Nuevas Tecnologías’ por parte de la catalogación haya empezado con los ordenadores. Antes, la impresión mecánica de copias de fichas, la confección de catálogos colectivos por reproducción fotográfica de fichas o las microformas, habían sido tecnologías usadas con la finalidad de compartir. Karen Coyle explica muy bien esta evolución tecnológica en un artículo reciente en American Libraries (The Evolving Catalog: Cataloging tech from scrolls to computers).


Creo que vale la pena destacar que el primer uso de los ordenadores con la catalogación fue el de permitir la impresión de fichas para catálogos manuales. Por esto, algunas palabras que se añaden a los nombres de personas tienen un subcampo propio, gracias al cual esta palabra acabaría siendo impresa en cursiva (por ejemplo). El formato MARC y parte de sus complejidades proviene de este uso (revolucionario a finales de los años 60 del siglo pasado, incomprensible visto con ojos de finales de los 90, cuando ya se habían generalizado los OPAC’s). La adopción de la tecnología es así, contradictoria. Lo que supone una liberación en un momento dado, acaba siendo una esclavitud al cabo de un tiempo.


[Este post es la entrega 3 de 5 de una nota ThinkEPI que se publicará en breve.]